Casa RDP

Re-uso, 30-60 Cuaderno latinoamericano de
arquitectura, Córdoba – Argentina. 2017
ISBN 9789871385614
Mira la publicación original aquí

 

¿De qué está hecha la arquitectura de Daniel Moreno Flores y Sebastián Calero? ¿En dónde radica el hilo conductor que guía su trabajo? ¿De dónde parten para llegar a sus resultados?  Estoy seguro de que existe un lenguaje que supera el de la materialidad, un universo entre líneas, su quehacer revelado. La verdad es que mi inquietud crece cuando veo que la Casa RDP fue galardonada en la XX Bienal Panamericana de Arquitectura de Quito y es finalista en la BIAU. Se programa una visita a la vivienda y creo haber dado con la punta del ovillo.

El proyecto se desarrolla en un lote de alrededor de  2000 m2 en el sector de la Morita en el Valle de Tumbaco a las afueras de la ciudad de Quito. Desde aquí y con la distancia que toma en relación a la ciudad, el volcán Pichincha se puede apreciar en toda su dimensión, desde aquí, desde lejos, uno entiende la relación del proyecto con el territorio.

Siete contenedores se distribuyen en el terreno sobre plataformas de hormigón, ordenados, como jugadores de fútbol en un campo rodeado de árboles, guardando distancias, volando en algunos casos del islote de hormigón que los aísla del suelo, procurando la intervención mínima posible. El espacio intermedio entre un contenedor y otro es el que opera para configurar la vivienda, luego este vacío se transformará en la sala o en un dormitorio mediante el juego de organizar prismas. Los contenedores son la estructura soportante de las vigas que cubren los vacíos,  y desde lo alto de las vigas se anclan los tensores que elevan al piso del terreno. No aparecen columnas en el interior, se trabaja con lo mínimo necesario. Esta es la casa.

 

Esteban, Fernanda, los hijos y sus perros habitan la “casa, taller, galería”, la venían buscando desde hace mucho tiempo. Para ellos las artes son un pilar fundamental en la vida, poseen una colección de  pintura y escultura, por eso la vivienda debía nacer desde ahí, desde las búsquedas y proyecciones personales. Cuando Esteban era niño encontraba relojes para despiezarlos con el afán de entender cómo funcionaban las cosas, de esta manera desarrolló una afición por lo mecánico, por lo didáctico, un rasgo bastante particular que marcó su vida, de ahí su vinculación con el metal y la necesidad de que se entienda la pieza que opera el mecanismo. “Es el carácter del cliente y su forma de ser la que se traduce en la forma arquitectónica y en la forma de construir” dice Daniel.

El éxito de la vivienda diseñada por Daniel y Sebastián radica en generar un vínculo con el cliente, en conocerlos y entenderlos, para ello es necesario “indagar sobre quienes son”. De esta manera el cliente se involucra al máximo y es quien encamina la definición del proyecto. Es a partir de aquí donde la arquitectura cobra sentido en su materialidad. “Ellos siempre quisieron que sean contenedores” afirman los autores. Entonces el arquitecto se transforma en quien canaliza las ideas y proponen el contenedor como catalizador del espacio, construyendo un lenguaje a partir del contenedor como estructura y conseguir de manera inequívoca que la estructura sea la arquitectura.

Los contenedores albergan dos tipos de espacios, aquel interior, delimitado por su condición de caja metálica, y aquel que se confina en la distancia entre caja y caja. Ese es el lenguaje.  Al igual que las palabras requieren un espacio entre una y otra para que una idea tenga sentido, la disposición de los vacíos entre caja y caja articulan una “idea de morada”, un pensamiento, una especie de poesía. El habitante, el caminante, desde el interior o el exterior, entiende el planteamiento propuesto por los autores, entiende el papel que juegan los elementos en el espacio, didáctico, lúdico y atrapante.

El recorrido de la vivienda se enriquece con el tratamiento de los materiales. Las cajas, que son las protagonistas, guardan su propia historia, han sido despintadas para que luzcan en ellas aquello que fueron en sus vidas pasadas, aparecen los golpes y las ralladuras, gritan que son reusadas y que han venido aquí para seguir siendo útiles, para convertirse en esenciales, dejando ver en la huella de la historia, el rastro, lo que es y lo que fue.

La pregunta es entonces: ¿De dónde viene esta forma de actuar de los autores?, ¿de dónde han sacado esta manera de conjugar anhelos personales, estructura y poesía? Tal vez entonces la clave está en el proceso de concepción de la residencia. Daniel y Sebastián definen a la mano como “herramienta de pensar” y trabajan el diseño a partir de la maqueta y el dibujo. En este primer capítulo que tomó entre 8 y 10 meses en el que los dibujos y las maquetas fluían al máximo, se permitieron explorar y proponer junto con los futuros habitantes el ideal de casa.

El segundo episodio no es menos creativo, la arquitectura sigue mutando una vez que está en construcción, con la presencia de ellos en obra, en cualquier rincón en que pudieran dibujar van encontrando el sentido de los objetos que se incorporan a la vivienda, no se cierran a la posibilidad del cambio, van resolviendo la relación perceptiva del ser humano frente a las cosas. Materiales vistos, cables, mecanismos, el diseño se enriquece con detalles que completan este trabajo de relojería.

Se distinguen un código basado en la comprensión de dos mundos totalmente distintos en el pensamiento de los autores. El primero está relacionado con el territorio, con el conocimiento que tienen ellos sobre cómo construir en Los Andes, su connotación geográfica y cultural se manifiestan en la disposición de la vivienda ante el mundo. La comprensión del entorno físico les permite crear un diálogo entre cercanías y lejanías, desde la vinculación con los árboles inmediatos, la topografía, hasta el manejo de los factores etéreos de la cordillera resolviendo lo imperceptible. La segunda se relaciona con el artificio, con el equilibrio, con el manejo del vidrio, el hormigón y el metal. Con los rasgos sobre los materiales que cuentan sus vidas pasadas, con la crudeza del material desnudo, y el juego de colocar una pieza sobre otra y colgar por aquí y volar por allá.

Esta posición imposible de enunciar es la que caracteriza el trabajo que estos dos arquitectos hicieron en la Casa RDP, posición que han venido sostenido en proyectos anteriores y que ahora pone los puntos sobres las “i”,  a un quehacer en el que autores y habitantes descubren el proyecto. Esta posibilidad de actuar no se la realiza de forma automática sino que persiste como una posibilidad de actuar justamente en el hecho de que el sujeto que habita construye su propio hábitat.

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